
La codificación barroca en la construcción de la imagen femenina y la deconstrucción en Sor Juana Inés de la Cruz
Interpretar es descubrir lo central en un texto o en un grupo de textos. Por un lado, el injerto marginal opera dentro de estos términos para invertir la jerarquía, para mostrar que lo que anteriormente se ha creído marginal es de hecho central. Pero, por otro lado, esa inversión, al atribuir importancia a lo marginal, es conducida normalmente de tal forma que no lleve solamente a la identificación de un nuevo centro (…) sino a una subversión de las distinciones entre lo esencial y lo no esencial, lo interior y lo exterior.
(Culler [1984])
En este trabajo, y con un carácter del todo motivado e intencional, se busca dar cuenta de aquello que hace ver a la crítica, en la imagen de Sor Juana, a la primera feminista hispanoamericana y establecer a la luz de categorías de lecturas posmodernas cómo se efectúa la construcción de la imagen femenina mediante el desmantelamiento de las oposiciones jerárquicas de lo femenino/ masculino a nivel del discurso, a través de operaciones y mecanismos retóricos propios del barroco y del barroco novohispano.
I
Nueva España ya desde las últimas décadas del siglo XVI cambia definitivamente. Jorge Alberto Manríque ha llamado a este período la “generación crítica” de la Nueva España y que es “la generación de los nietos de los conquistadores y primeros pobladores, que añoran las glorias pasadas, el tiempo ido de grandes hazañas evangelizadoras y guerreras, aquel mundo épico y mítico que ya no les tocó vivir y que echan de menos sin ningún pudor” (Manrique: 2001) Esta generación se caracteriza por lo “reflexivo” “a ellos tocará ponderar los hechos de sus padres y abuelos, sopesarlos y criticarlos aunque sin dejar por ello de añorarlos” (226). En este sentido los novohispanos estaban conscientes (y hay que hacer énfasis en dicha conciencia que era su rasgo más definidor) que un mundo se perdía y quedaba atrás y era irrecuperable. Pero este cambio es entendido ante todo como una derrota y el cambio que va desde aquella Nueva España épica y la que se afirmará ya en el siglo siguiente, está estilísticamente marcada por el manierismo como arte culto, citadino y cortesano que es la puesta en crisis del arte renacentista y plateresco. (227) Para Manríque el barroco novohispano es de corte manierista y derivará sus formas de aquél, aunque hay que aclarar que la persistencia de las formas manieristas o la derivación de éstas en formas barrocas no fue un hecho total y absoluto y no se puede hablar de barroco novohispano antes de 1640-1650. Pero es importante recalcar que el manierismo y su entrada en México coincide con una serie de cambios sociales, políticos y de estructura espiritual que Manrique sistematiza así: 1) la conquista como gran hecho bélico y militar a quedado prácticamente atrás; 2) la obra evangelizadora también ha concluido y en las ultimas décadas del XVI todos los indios son cristianos ; 3) gran descenso demográfico de los pueblos indígenas 4) la encomienda como sistema económico que se impuso en los primeros tiempos es ahora ineficiente por la disminución demográfica indígena lo que pone de manifiesto una crisis de la mano de obra; 5) la corona intenta afianzar su poder mediante los órganos centrales debilitando a las órdenes religiosas, eliminando el sistema de encomiendas y encomenderos. (Manrique245-246) Todos estos fenómenos dan cuenta de la cancelación y término del “primer proyecto de vida” de la Nueva España al cual paulatinamente va sustituyendo un “segundo proyecto” que no consiste ya en realizar la utopía imposible de Europa en América, sino hacer de América una nueva Europa. Es esta generación de la crisis la verdadera, y con propiedad, “generación criolla”, que es a menudo culta y citadina y marcada por el espíritu reflexivo, incapaz ya de la acción y signado por la duda y el escepticismo ya que si bien no duda de lo que significó la empresa de conquista “empieza a dudar de la calidad y de la rectitud de quienes la llevaron a cabo” (247)
El siglo XVII por su parte está marcado por la consolidación, a nivel institucional, del imperio en América y la diseminación del aparato estético ideológico de la Contrarreforma en las colonias españolas. (Moraña: 1998, 11). Por su parte, los actuales estudios coloniales han dejado de ver dichas manifestaciones estéticas en el contexto novohispano como versiones degradadas del paradigma del dominador y ya desde La ciudad letrada, Rama, por ejemplo, hace hincapié en la “imaginación” y “particularismo” americano como elementos que desafían los rígidos principios racionalizadores e interpretativos de los modelos europeos, instalándose así un saber otro si bien subalterno pero alternativo y fundacional. En este sentido, la cultura barroca americana debe ser vista, según Moraña, “como un paradigma dinámico y mutante, permeable no sólo a los influjos que incorpora la materialidad americana sino vulnerable también a los efectos de las prácticas de apropiación y producción cultural del letrado criollo, que redefine el alcance y funcionalidad de los modelos recibidos de acuerdo a sus propias urgencias y conflictos” (14) La funcionalidad ideológica del barroco es otro de los grandes temas en relación a la consolidación y ascenso de la sociedad criolla y la elaboración de una discursividad que legitima la hegemonía de este nuevo sector social
II
Con el psicoanális que se establece como una autoridad respecto a la diferencia sexual, la feminidad se presenta como una versión atenuada de la sexualidad masculina en aquella premisa consabida de la “envidia del pene” (o bisexualidad originaria), por lo cual la mujer asume desde una temprana edad “el hecho de su castración, y con ello también la superioridad del macho y su propia inferioridad” (Famele Sexuality). Sin embargo, estudios postestructuralistas ponen en evidencia cómo esta teoría se puede deconstruir a sí misma [1](Sara Kofman: 1980) y que en realidad esto sucede porque “la envidia de pene que profesa la mujer confirmaría la sexualidad del hombre y convierte a la mujer en deseable tanto como depositaria de esta confirmación y como objeto sexual” (Culler, 150) Esta condición de la mujer así expresada se da como necesaria y no se hace explícita en lo que tiene de contingencia histórica ni revelando los reales intereses que subyacen a ella en la medida que la “autosuficiencia femenina”, de la cual la dota esta, digamos, doble sexualidad o condición anfibológica, es el germen mismo de lo amenazante y peligroso que se cierne sobre la imagen de la mujer ( ya que incorpora en sí misma a la alteridad) y que tratan de silenciar sistemas basados en un derecho patriarcal.
La lectura deconstructiva que puede, y que a todas luces permiten, los textos de Sor Juana Inés de la Cruz, dan cuenta de la inversión de esta oposición jerárquica de lo femenino/ masculino que revela conflicto y subordinación, en la medida que el primer término siempre se ha establecido como prioritario y el segundo como suplementario, dentro de una tradición filosófica en que pueden establecerse la verdad, la razón, el falo y el hombre como pertenecientes a un mismo campo o red de significaciones. La inversión que lleva a cabo una crítica deconstructiva feminista, partiendo de esta bisexualidad femenina, ofrecería, en Cixus, por ejemplo, a la mujer, una relación privilegiada con la escritura. Es precisamente esta relación privilegiada la que la misma Sor Juana pone de manifiesto, al instalarse ella misma en una tradición y genealogía que se remite a Isis, en tanto diosa de la sabiduría y por lo tanto constitutiva de la esencia femenina, pero también se erige como madre universal, lo que implica “a través de una larga y sinuosa desviación (…) un regreso a la feminidad y maternidad naturales como los sucesivos momentos de una peregrinación −que es así mismo una transfiguración− hacia la otra maternidad que encarna Isis: Juana Inés es madre de obras poéticas vivas” [2](Paz: 1982, 233-234). En este sentido lo que una Luce Irigaray promueve al incitar a las mujeres a reconocer su poder como “la terre-mère-nature (ré)productrice”; o como Kristeva que promueve la combinación de lo maternal y lo sexual en la figura de la madre orgásmica, describiendo al arte como el lenguaje de la jouissance maternelle, en donde lo femenino es arte, la escritura, pero también verdad (Culler:153-154); todo esto ya estaba, desde el siglo XVII, en esta identificación fundamental que Sor Juana establece con la diosa egipcia.
III
Para llevar a cabo el objetivo propuesto en el siguiente trabajo analizaré uno de los poemas más populares de Sor Juana, y que es la redondilla número 92, bajo la clasificación temática de “sátira filosófica”: “Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres que en las mujeres acusan lo que causan”
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que falta de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
y a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
En términos formales, como mencioné, el poema es una serie de redondillas, es decir, una serie de estrofas de cuatro versos o cuartetos, en donde cada verso posee ocho sílabas, por lo tanto estamos ante versos de arte menor, con rima consonante abba. Por su parte, en la clasificación temática, dada por la edición, el término “sátira” nos da más luces respecto al género en el cuál se instala y la finalidad de éste. “La sátira es un género literario en verso, en prosa o en prosa y verso (sátira menipea) de carácter polémico, crítico-moralizador o irónico, que tiene como objetivo la representación de la realidad cotidiana en alguno de sus infinitos aspectos seriocómicos: los defectos de los hombres, las fantasías de los rastacueros, los vicios de los ricos (…)” (Marchese y Forradellas: 1986). Sólo que en Sor Juana, al menos en este poema, la sátira no logra romper con la norma del estilo elevado instalando la heteroglosia propia de la sátira.
A la hora de centrarnos en el sujeto de la enunciación vemos cómo éste es un sujeto indiferenciado y su función comunicativa es desde el comienzo apelativa y finalmente, como veremos, ideológica. En este carácter apelativo se perfilan y construyen los que serán los sujetos del enunciado: el hombre en una primera instancia ya que a él se dirige la apelación o llamado vocativo de la voz poética que pretende influir en el comportamiento del receptor real en una identificación de éste con el sujeto de la enunciación masculino; y por otra parte la imagen femenina construida, como veremos, al alero de éste como recurso de ocultamiento que finalmente terminan por subvertir y corroer la imagen dominante del discurso.
Si me referí al carácter indiferenciado de la voz que enuncia en el poema, es necesario también detenerse, para entenderlo, en cómo Sor Juana, mujer y monja, doblemente subalterna en su condición de criolla sujeta al poder imperial y monástico pero también subalterna en su condición de mujer, se apropia de una máscara múltiple que le permite una movilidad simbólica en cuanto a género (travestismo), clase y raza, pero también son máscaras necesarias para la construcción de una subjetividad femenina que se valida y autoriza discursivamente (ver Ludmer y “las tretas del débil”) dentro de la cerrada política cultural colonial y frente a una institucionalidad.
En este sentido me refiero a que la voz del poema es indiferenciada, no parece asumir a simple vista una máscara que lo identifique en cuanto a género o clase y el yo poético solo aparece a modo de sentencia final, en la última redondilla: “Bien con muchas armas fundo /que lidia vuestra arrogancia, /pues en promesa e instancia/ juntáis diablo, carne y mundo”.
Por su parte los mecanismos retóricos y discursivos que sirven de base al poema y sobre el cual éste se estructura contribuyen a la argumentación en pro de la defensa de la mujer y de la elaboración de una imagen de ésta que tiene calidad de construcción masculina. En este sentido hay claramente impugnación por un lado y una celebración que va de mano de la defensa. Es básicamente mediante el uso de retruécanos, antítesis y oxímoron que se sostiene la estructura bifronte del poema: en el caso de la primera redondilla es la doble dimensión acusador/culpable que se da en la imagen masculina y que dominará todo el poema. A partir de ahí se ponen de manifiesto las contradicciones internas en la conducta del hombre a la hora de juzgar a la mujer en una dimensión bien precisa de su condición: la sexualidad, y su relación con el pecado. La estructura misma del poema, de la misma manera que la construcción de lo masculino, se cimenta en base a contradicción y el contraste entre su propio deseo y la censura que de éste hace, ya sea que lo favorezcan en sus pretensiones o lo desdeñen, “favor y desdén” pesan lo mismo ya que se quejan si los tratan mal y se burlan si los tratan bien. De la misma manera, si la mujer se “recata”, en ingrata, y si lo admite “liviana” o fácil. La problemática radica en un callejón sin salida para la mujer, que independientemente de su accionar, se verá catalogada y signada por lo negativo. Es como un estar entre la espada y la pared, y lo que hace Sor Juana es buscar una salida mediante la inversión.
Respecto a esto Mabel Moraña nos dice que “sujeto barroco se pliega y despliega a través del artificio, se repliega en su cosmovisión clasista, escolástica y nobiliaria, para avanzar con más impulso, hacia las formas de modernidad. De ahí que la ambivalencia ideológica, la dualidad cultural y el binarismo discursivo caracterizan tan bien la labor del letrado barroco…” (Moraña: ) Es precisamente esta doble articulación la que estructura el discurso en el poema que analizamos, funcionando como revelación y ocultamiento simultáneamente (Deleuze: 1989): en este sentido revela una condición masculina en la medida que la perfila y representa en el poema en el cual adquiere relieve por sobre la imagen de la mujer un tanto ensombrecida por su imponencia, y oculta una imagen femenina que hacia el final del poema, y mediante una operación netamente deconstructiva, se revela desplazándose desde la periferia de la marginalidad al centro mismo del interés. Para esto Sor Juana se sirve y categorías tradicionales y hace uso de ellas: la relación hombre/ mujer, a simple vista, digamos en su faz externa, está dada por la dinámica de hombre=actuante (sujeto de la acción) y la mujer=receptora de dicha acción del sujeto. En términos sintácticos podemos decir que el hombre es sujeto y la mujer predicado, el hombre es activo en la medida que profiere actos, juicios de valor, que recaen sobre la imagen de la mujer. Esto se hace explícito además en el título dado por el editor del poema: los hombres acusan lo que causan, es decir que la representación de lo femenino es “efecto” de una “causa” de la cual el hombre es el primer motor, por lo cual, queda claro cómo Sor Juana se apropia de una tradición filosófica en donde el principio masculino se asocia a la acción y el femenino a la receptividad o pasividad, que es ante todo una oposición que revela una imposición metafísica e ideológica. Pero si hace esto es sólo como una estrategia en la elaboración discursiva que como veremos, finalmente, será subvertida.
La deconstrucción, en este sentido, trabaja con las oposiciones binarias tales como oralidad/escritura, literal/figurativo, hombre/mujer, etc., para: 1) Sacar a la luz los presupuestos de dicho sistema de valores; 2) mostrar cómo se deshacen en el texto que las anuncia, manteniendo la oposición pero: usándola en la argumentación propia y reestableciéndola con un valor y rango diferenciado. (Culler, 134). Siguiendo esto y aplicándolo al poema podemos ver cómo Sor Juana trabaja ya con categorías dadas y cargadas valórica y jerárquicamente por la tradición (hombre=activo; mujer=pasivo) y construye en base a éstas el discurso o palabra bilingüe que por un lado enuncia y silencia, despliega y repliega, celebra e impugna. De las implicaciones o presupuestos que subyacen a dicho sistema de valores ya hablamos más arriba, por lo cual nos quedaría mostrar cómo dichas oposiciones son posible de ser desmantelas en el discurso de Sor Juana; pero lo más importante: no sólo mediante una lectura deconstructiva que se pueda aplicar desde afuera o desde el actual campo de estudio culturales o poscoloniales, sino que es la misma poeta quien elabora su poema, deliberadamente, sobre aquel binarismo discursivo señalado por Moraña. Ahora, para evidenciar esta deconstrucción que opera a nivel del discurso sorjuaniano y el desmantelamiento de las oposiciones jerárquicas de las cuales se sirve se hace necesario identificar las operaciones y mecanismos retóricos implicados que conllevan a colocar como hecho central lo que anteriormente se ha creído marginal y que tiene que ver con el concepto de injerto, en este caso “marginal”, en Derrida, que implican básicamente procesos de inserción y estrategias de proliferación en el discurso, lo que por otra parte, podemos analogar a un modus operandis barroco y sobre todo, propio del barroco de Indias. Un tratado del injerto textual intentaría clasificar varios tipos de introducción del propio discurso en otro o intervención del discurso que se está interpretando (Culler 121). En el caso de nuestro barroco colonial, la palabra bilingüe, o el bifrontismo del letrado de la época “pueden leerse como las concreciones vitales de la circunstancia esquizofrénica del dominado”, si bien esto es cierto desde una faz externa de la máscara, desde el interior involucra la posibilidad de acceder, por esta fisura en la conciencia colonial y criolla, a la constitución de todo un entramado epistemológico que le permite decodificar, manejar y reelaborar discursivamente dos mundos opuestos.
Tampoco hay una intensión de presentar a la mujer en el colmo de la beatitud, se la instala de lleno como centro o más bien blanco (sería objeto sexual o de deseo en la actualidad) en la lid de las relaciones amorosas y de un degradado amor cortés y por lo tanto está igualmente expuestas al pecado:
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
Es claro que aquí se refiere a la mujer cortesana que, cual María Magdalena, se ve representada pero no impugnada, haciéndose una diferenciación, si bien ambas conductas son reprochables, entre pecar por necesidad y por gusto. Lo que recuerda aquellas palabras pronunciadas por Jesús mediante las cuales la salvó a la famosa cortesana de la lapidación: “el que esté libre de pecado que lance la primera piedra”
A lo largo del poema nos encontramos con una imagen múltiple de mujer o al menos, donde se conjugan dos rasgos relevantes: el de la santa y la cortesana en la imagen misma de Thais de Alejandría, pero por otro lado, el de la mujer que víctima de un ultraje se suicida, como Lucrecia.
En el poema es el hombre quien hace a la mujer pecar, aunque a mi parecer el énfasis no está puesto en este particular sino más bien en el hecho, que a pesar de esto, se mal juzgue a la mujer, doblando un castigo de por sí cruento: el del pecado mismo y el de la condena social y moral. Además de esto, y sólo como una observación, hay que hacer notar que en esta caracterización del hombre como el que incita al pecado se invierte el mito judeocristiano en que la mujer seduce al hombre hacia el pecado original.
El carácter argumentativo del poema que va poniendo en evidencia las contradicciones inherentes al comportamiento masculino llegando a un punto en que se apela a la toma de conciencia de la propia culpa: “Pues ¿para qué os espantáis/ de la culpa que tenéis? esto involucra un cambio que va desde la acusación de la mujer, a una inversión en que el hombre pasa de ser juez a acusado. En la última redondilla se termina concluyendo que la arrogancia masculina, por lo tanto, puede hacer uso de muchas “armas” (incorporando mediante esta metáfora la dimensión del poder y la fuerza) ya que en su accionar se junta “diablo, carne y mundo”.Esta trilogía asociada a la imagen masculina dice relación con los tres grandes enemigos contra el alma: diablo, carne y mundo, que condenan ésta mediante las mayores dichas terrenales. Finalmente en esta analogía que equipara al hombre con esos tres grandes males del alma, resplandece una imagen femenina que en contraposición a aquélla, asume una nueva revaloración en el discurso, una valoración que a la vez que evidencia el carácter subalterno de esta imagen en relación a lo masculino parece otorgarle un estatus diferenciado que a pesar de su posición descentrada respecto al poder, lo masculino, el logos, la reivindica en la medida que da cuenta de la construcción de la que es objeto por parte de la subjetividad y conciencia masculina.
Bibliografía
Jorge Alberto Manrique: “Los manierismos novohispanos” en Una visión del arte y la historia. México DF, UNAM, Instituto de investigaciones estéticas, 2001.
Alfonso Menéndez Plancarte: “Introducción” en Obras completas de Sor Juana Inés de la Cruz. Tomo I, Lírica Personal. México DF, FCE, 1952.
Mabel Moraña: “Introducción y estrategias discursivas” en Viaje al silencio: exploraciones del discurso barroco, México DF, UNAM, Facultad de filosofía y letras, 1998.
Octavio Paz. Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. Barcelona: Seix Barral, 1982
Jonathan Culler “Deconstrucción” en Sobre la deconstrucción. Salamanca: Cátedra, 1984.
NOTAS:
[1] Al referirse a una bisexualidad primaria en que la mujer es un “hombrecito” de la cual da cuenta su castración, es decir, que en la mujer se darían, según Freud, originariamente ambos sexos, es de donde parte precisamente la crítica deconstructiva ya que gracias a la combinación en la mujer de ambos rasgos, ésta sería un modelo general de la sexualidad de la cual el hombre vendría a ser mera variante, o como dice Derrida, hombre y mujer, serían variantes de la archimujer.
[2]
Es interesante además, como lo hace notar Octavio Paz, ver cómo, mediante qué rodeo conceptual y etimológico, se pueden sostener estas ideas de Sor Juana, lo que da cuanta del proceso barroco por excelencia en el enmascaramiento: “is” en hebreo es “varón”, “Is-is” por tanto, doblemente varón.