18 septiembre, 2009

Jamás el fuego nunca (2007) de Diamela Eltit va articulando en su narración, o más bien en su devenir caótico, la historia de un tránsito que extrapola marcadamente dos realidades si bien distintas en la experiencia vital y biológica de sus protagonistas, transversalmente marcada por una marginalidad que los hace moverse siempre en los bordes: “En verdad hemos sorteado la realidad de cada uno de los decenios, sólo pudimos participar de su perímetro como ínfimos roedores en perpetua fuga” (63), dice la narradora. Él y Ella en un presente ambiguo, signado por la vejez y la postración del cuerpo y su contrición al espacio cerrado de una habitación, como sepultados vivos en el trazado rectangular de la cama, contemplan, con la resignación de la derrota, y de la espera sólo fundamentada en la espera, su exilio, autoexilio si se quiere, de un tiempo y una historia que habitan ahora fantasmagóricamente. El tiempo que les perteneció, aquél en que se creían posibles las grandes utopías del siglo XX parece un tiempo sorteado por un hiato abismal en relación al presente, hiato del cual, más allá de la monotonía agobiante e incluso grotesca de la pareja constreñida a una rutina precaria encerrados en esas cuatro paredes, odiándose pero controlando cualquier atisbo de rencor que pueda alterar la paz que forzadamente se han concedido; más allá de todo eso, emergen de ese negro hiato del tiempo y la historia, mediante el obstinado e insomne ejercicio de la memoria de la mujer (el hombre se ha abandonado al olvido y los padecimientos físicos) retazos de experiencias (el fracaso militante, la tortura y la muerte de su hijo) que dibujan interrogantes que buscan infructuosamente respuestas en un siglo otro, inconmovible, sin eco alguno. Y si hubiera que buscar respuestas bastaría con ensayar una, cualquiera, la más apropiada porque “cualquier respuesta es posible ahora que el siglo, los mil años han concluido, se trata de una mera especulación, un cúmulo previsible de inútiles conjeturas” (24). La novela precisamente practica en la escritura este ejercicio de ambigüedad máxima a la hora de narrar esta historia, no anclándose en un sentido fijo, porque ahora es imposible entender la experiencia como una totalidad sin fisuras; de ahí el rescate de la memoria como colección de fragmentos hilvanados en la discontinuidad de una sintaxis mnemotécnica, errática, diseminada y ante todo suplementaria. Esta sintaxis narrativa alterna con partes relatadas (que coinciden con las salidas al afuera, al exterior, estableciéndose así una frontera y límite) con un rigor realista y descriptivo, en donde el tiempo rige lineal y progresivo. Junto con aquél tránsito de la utopía a la derrota o al lugar de la atopía, si se quiere, se ensaya la lectura de la historia de un país, una historia que niega la historia en la medida que la narración se centra en una monotonía empalagosa que rescata lo más residual de la experiencia de estos sujetos pero que desde sus intersticios nos revela una historia irremediablemente quebrada lo que hace de esta novela un obituario político. Este tránsito feroz como caída que va desde las grandes utopías revolucionarias del siglo XX −entendiendo la utopía como ese “lugar que no hay” pero que puede llegar a ser y que involucra indefectiblemente a una comunidad− a la asunción de una derrota que dispersa y atomiza a los sujetos, se nos hace más claro mediante la metáfora de células -políticas, biológicas- ahora claudicadas que no serán ya más sistemas lo que se encarna y materializa, haciéndose visible, en esos cuerpos estragados, grotescos que caen hacia el desmembramiento y le muerte: al exilio de la historia y del tiempo.




26 agosto, 2009

"Pero no me quejo. Es así. Es mi misión en el mundo: inventar, descubrir, embellecer personas... para que las disfruten otros. Es lo que hago con mis enfermos. Llegan a mí inválidos, paralizados, desahuciados por los médicos y se van felices, caminando. A sus propios familiares les cuesta reconocerlos. Es lo mismo pero con los hombres. Esos hombres que las mujeres detectan, seducen, encierran en departamentitos de tres ambientes y convierten en padres de familia, esos hombres que después, con el tiempo, se dan cuenta de que esas mujeres con las que estuvieron toda una vida son unas perfectas extrañas y nunca supieron nada de ellos, nunca, nada, empezando por lo básico, quiénes eran, ellos, quiénes eran de verdad, qué los hacía felices, qué los enfermaba, qué los enloquecía de alegría, de qué querían escaparse, con qué paraísos soñaban, y entonces se mueren, y el médico dice "infarto" o "aneurisma", pero en realidad se mueren de amargura... A esos hombres Rímini, a esos hombres como vos, yo los veo. Los veo, y de sólo verlos los abro por el medio, como esos filipinos que operan sin tocar, y les miro el corazón así, a esta distancia, y les leo todo, entendés, una por una, todas las heridas y las cicatrices que tienen, las grandes, las que son irreparables, y las que casi no se ven, y también leo todo lo que ese corazón es capaz de hacer, todo lo que ni él, él menos que nadie, en realidad, sospecha que puede hacer, y entonces les digo lo que veo, o no, se los muestro (porque los pobrecitos rajan si les decís las cosas), y entonces, zas, se enamoran de mí, se enamoran perdidamente, y yo de ellos, y cuando empiezan a darse cuenta que lo que les mostré está ahí, adelante de ellos, adentro de ellos, entonces creen que entienden de qué se enamoraron realmente, no de mí, por su puesto, sino de mi poder, de mi ojo filipino, de mi capacidad de curarlos, y entonces, curados, espléndidos, se van, mucho más guapos que cuando los encontré, rejuvenecidos, en perfectas condiciones para ser felices. Y sin mí, por supuesto."
(Fragmento de El Pasado de Alan Pauls)

07 junio, 2007

La imagen de la mujer en el arte