18 diciembre, 2006



Aproximación al concepto de Realismo en Los muertos de Joyce.
A modo de introducción, para dar cuenta del concepto de realismo en Joyce, tomaré la idea de Ibsen, sobre que la sociedad se ve siempre determinada por fantasmas o espectros que la acechan, y que éstos no son más que prejuicios que se le han impuesto, y tienen que ver directamente con las tradiciones propias de una sociedad burguesa, determinada a su vez, por los convencionalismos morales, políticos, religiosos, etc., a la cuál ésta está fuertemente sujeta e enraizada. Por otro lado existen prejuicios que acechan al hombre, incluso más peligrosos y difíciles de desasir que los anteriores, y tiene que ver con las trancas morales que él mismo se ha impuesto.
Los muertos (1906) es el último de quince cuentos relatados en Dublineses; libro que en su totalidad pretendió dar una visión global de la realidad irlandesa, que en Los muertos aisladamente también se puede dilucidar, pero es en la obra completa donde más fehacientemente se logra captar esa totalidad como un conjunto. También según las mismas palabras de Joyce, la pragmática principal de esta obra, donde Dublín es el que se yergue como principal protagonista es “denunciar el alma de esa hemiplejia o parálisis que algunos llaman ciudad”, vale decir, la incapacidad de hacer nada y esa constante sensación de acorralamiento en el hombre, a causa de su propio medio; y si tomamos en consideración su genotexto (1914), acorralamiento a causa del cambio que se aproxima.
Casi la mayor parte de Los muertos se desarrolla en la casa de las señoritas Morkan, con ocasión del baile anual que éstas celebran. Este primer dato encarna en sí aquella idea de “la vida pública” de la ciudad, faceta que en este cuento queda mejor representada. Sin embargo, Joyce parte de una realidad que engloba una colectividad, representada por aquel fragmento que serían los invitados al baile, para así dar cuenta, mediante sus costumbres, temas de conversación, comidas, música, en fin la cotidianeidad misma, rasgos propios de la sociedad burguesa, para terminar concentrándose, después de esa colectividad, en una sola pareja: Mr. Conroy y su mujer Gretta. Así, terminamos por inmiscuirnos en sus vidas, afecciones y sentimientos más íntimos, en donde la juventud versus senectud; vida versus muerte, se dilucida para reafirmarse como uno de los grandes conflictos existenciales del hombre[1], y aquel oscilar entre lo colectivo y lo individual, lo objetivo y lo subjetivo.
Aquellos convencionalismos, propios de su sociedad, que Joyce, como antes dije, quiere representar en Los muertos, convencionalismos tales como los políticos, religiosos, sociales, etc., quedan muy de manifiesto en pasajes significativos del texto. El narrador ya desde el principio de la historia quiere mostrarnos algo casi tácitamente dado por los contrastes de estilos de vida entre los que celebran y quién sirve a quienes celebran. Gabriel pregunta a Lily cuando llega, si aún va a la escuela y con tono desalentador ésta respondió que no, que ya nunca más; como para palear eso a modo de consuelo, le pregunta entonces si tendrán el placer de asistir a su boda: rotundo no “los hombres no son más que labia y lo que pueden echar mano”, inducimos de esto decepciones y promesas incumplidas. Los convencionalismos sociales se muestran indiscutibles detrás de ese respeto irrefutable dado a la familia como institución cimentadora primaria del resto de la estructura social “tanto ella como Julia habían parecido siempre bastante orgullosas de su hermana, tan matriarcal, tan seria (…) fue ella quien puso nombre a sus hijos…” (Pág. 187). El nacionalismo fuertemente enraizado en la cultura irlandesa, es otro tópico claro evidenciado por la lectura del texto, potenciado y gatillado principalmente por el histórico conflicto político-religioso entre Irlanda e Inglaterra; Miss Ivors, le objeta a Gabriel el no preferir su país, antes que otro: “por qué usted va a Francia y a Bélgica (…) en vez de visitar su propio país? Aparentemente nos podría parecer una pregunta de lo menos mal intencionada, pero cambiamos de opinión frente a la insistencia de ésta: “¿Y no tiene usted su propio idioma con que mantenerse en contacto? (…) ¿Y no tiene usted su propia tierra que visitar…? Y así sucesivamente hasta rematar la conversación con un prejuicioso “pro- inglés!” dirigido despectivamente a Gabriel.
Todas las frustraciones, ya sean sentimentales, sexuales, o de cualquier otro ámbito, de la sociedad y de sus individuos, podemos conocerla, por esa complejidad psicológica del mundo, que nos quiere mostrar que no sólo el exterior es un problema, sino que nosotros, con nuestras trancas autoinfligidas y no resueltas a causa de esa hemiplejia que nos afecta, resultamos ser un problema para nosotros mismos, y es a causa de que se ha metabolizado en instituciones y costumbres diversas las restricciones de índole religiosa y los muchos prejuicios, que se ha desembocado en la inacción y círculo vicioso de una rutina como suerte de cáncer del alma. La religión, más bien la iglesia, erigida como símbolo institucional de la realidad de esa sociedad, aparentemente en las páginas del cuento, y como rasgo común en todos los otros, aparece de forma subrepticia. Pero no. La iglesia ejerce una tutela minuciosa, casi imperceptible a primera vista ya que los grandes temas no son del ámbito religioso, sino más bien ésta se filtra y permeabiliza, a través de la cotidianeidad misma; quedando revelada como estructura institucional inextirpable de dicha sociedad, cosa de la que Joyce quiere dar cuenta. “Le he dicho a Julia muchas veces –dijo tía Kate enfática- que está malgastando su talento en ese coro (…) cantando como una esclava para ese coro noche y día…”
Haciendo un paralelismo con Ibsen podemos también decir que no son tantas las acciones que se suceden en Los muertos, son más bien las complejidades psicológicas de los personajes, las que son verdaderas protagonistas, llegando así a un realismo psicológico que nos abre el mundo interior de los personajes mediante sus reflexiones, evocaciones mediante estímulos que logran despertar recuerdos del inconsciente, ya que todo cuento entero es una epifanía “había misterio y gracia en su pose, como si ella fuera símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pié en una escalera oyendo una melodía lejana” (Pág. 211) Simultáneamente esta misma melodía hacía rememorar a la mujer de Gabriel cosas distintas “Pienso en esa canción, La joven de Aughrim (…) pienso en una persona que cantaba esa canción hace tiempo…” (219).
Mario Vargas Llosa, en su libro de ensayos La verdad de las mentiras,[2] cuando escribe sobre Joyce, nos quiere enfocar hacia una nueva forma de interpretación, a mí parecer bastante considerable, en donde la visión severa de la sociedad irlandesa, es un factor secundario. Para él el “realismo” de Joyce está más cerca del de Flaubert que del de Zola, al dotar a la clase media –clase sin heroísmo por excelencia- de un aura heroica y personalidad artística sobresaliente. La hazaña está en la dignificación artística de la vida mediocre. El “naturalismo” de Joyce, a diferencia del de Zola, no es social, sólo está guiado por un afán estético. Principalmente por este motivo la crítica de Joyce es tan aguda por parte de los que concebían la literatura con una pragmática reformadora y con una explícita condena moral a las inequidades e injusticias; pero por otro lado lo deja exento y alejado de cualquier ideología política –a pesar de considerarse él mismo por aquella época un socialista- no le interesaba opinar de una realidad dada, sino más bien recrearla, dándole una dignidad y existencia puramente artística.
Para concluir puedo decir, que tanto en Los muertos, como en el resto de los cuentos, Dublín se erige como protagonista, representando simbólicamente a todas las grandes metrópolis; y los cuentos se ordenan como la vida misma: las primeras experiencias de la niñez, las frustraciones de la juventud, desencanto de la madurez en donde ya no se ve el retorno y, para terminar, el derrumbamiento inminente de todas las utopías, que aún ya careciendo de peso, nos aplastan.


[1] Joyce, james “Los muertos” Dublineses. Madrid: Alianza Editorial, 2000 “Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida”
[2] Vargas Llosa, Mario “El Dublín de Joyce” La verdad de las mentiras. Barcelona: Seix barral, 1990