
Ambigüedad en Hamlet
La ambigüedad en Hamlet[1], es un tema fundamental para poder entender a más cabalidad el fluir de las acciones –o quizá retraso de ellas- en esta obra de Shakespeare. Esta ambigüedad está dada por esa eterna dualidad que conocemos entre la razón versus acción; ya que la acción mental inhibe la acción y Hamlet dominado por su pensamiento, se vale de cualquier excusa para evitar la acción concreta de la venganza. La tragedia real de Hamlet, que absorbe la obra en su totalidad, es entonces esa irresolución dada por el deleite del análisis reflexivo de los actos, opuesto, naturalmente, al accionar impulsivo, maquinal e instantáneo. En conclusión, la tragedia de Hamlet oscila en el vasto espacio dado entre el ser o no ser, o como decía Víctor Hugo “la duda, la eterna indecisión, el dilema que no se resuelve” El mismo Hamlet en uno de sus monólogos nos da la clave sobre la cual se cimenta su ambigüedad, no podemos pecar de ignorantes y pensar que siendo Hamlet un idealista contemplativo, reflexivo bajo cualquier contexto, no hubiera reparado en su deficiencia como hombre de acción: “Así la conciencia hace de todos nosotros unos cobardes,/ y así el matiz nativo de la resolución/ se oscurece con la pálida sombra del pensamiento,/ y las empresas de gran aliento/ con esta consideración tuercen su curso/ y pierden el nombre de acción[2]. Hamlet más que nadie estaba conciente que el pensamiento, como forma de sopesar las posibles consecuencias de nuestros actos, paraliza nuestra facultad de acción. Como ya dije, Hamlet no es un hombre de acción y su voluntad se debilita y disminuye en la medida que sus reflexiones se hacen fuertes y aumentan; como siempre está viendo el pro y el contra de todas las posibles acciones, no está seguro de nada y duda de todo; por una parte está bien ser escéptico y emplear la duda como un método –cartesiano si se quiere- para no precipitar en los juicios y por ende equivocarse, pero Hamlet aún corroborando, lo que en un principio pudo ser un atisbo de certeza, sigue vacilando y esperando, quizá, que los acontecimientos lo dispensen del deber de actuar. Esto queda de manifiesto cuando el fantasma de su padre le revela los detalles de su asesinato y le pide venganza; Hamlet en el minuto no parece dudar, pero en la medida que los acontecimientos se suceden, sí lo hace: “El espíritu que he visto puede ser el demonio, pues el demonio tiene poderes para asumir una forma grata” Y así, entre otras cosas, se exhorta a sí mismo a ser un poco más cauteloso, cosa que está bien, sin embargo, luego, una vez representado el drama teatral para tener pruebas más sólidas de la culpabilidad de su tío, no actúa con la resolución propia de un hombre de acción: “ahora podría hacerlo fácilmente, ahora que está rezando. ¡Y ahora lo haré! ¿Y así se va al cielo y así quedo vengado? No, reflexionemos.” (Acto III, escena III, pág., 75)
La dificultad en la toma de decisiones no queda solamente explícita por los actos no realizados que sí debiera realizar, también se da por una carencia de ambición, ya que como el mismo lo dice podría limitarse a una cáscara de nuez y se sentiría rey de los espacios infinitos. Antes de eso, después de haber hablado con el fantasma, y después de que todos han jurado no revelar lo que allí vieron Hamlet exclama: “El mundo se encuentra desquiciado. ¡Oh, maldita suerte, que tuviera que nacer yo para arreglarlo”.
Hamlet para llevar a cabo su empresa de venganza se propone eliminar de su cabeza todo tipo de pensamiento que no se dirija a ese fin, ni siquiera el sentimiento puro profesado hacia Ofelia se sustrae a dicha imposición: sí, borraré de ella todo recuerdo frívolo y ameno… y vivirá sólo tu mandato, sin mezcla alguna de material más bajo, en el libro de mi cerebro” (pág., 24) Sin embargo, esa aparente resolución firme se debilita a medida que los acontecimientos se suceden, pero a pesar de ello no ceja en su intención de venganza, ella sigue ahí casi ingénita, es el acto en sí mismo el que cuesta llevar a cabo, claro, es más sencillo reflexionar que actuar. Ya casi al final de la tragedia Hamlet asume que el pensamiento de cuatro partes, una sola corresponde a la prudencia y las otras tres a la cobardía, y que la verdadera grandeza no radica en las razones poderosas que se pueda tener, sino más bien en enfrentar bien una querella (pág., 90)
A mi parecer durante la obra fueron sólo tres veces las que Hamlet actuó, y dicho sea de paso, para que ello sucediera, no hubo reflexión precedente. Estas tres veces marcan una acción decisiva, por ello las considero las más importantes a modo de funciones núcleo que no pueden extraerse sin cambiar el rumbo de los acontecimientos. Una de ellas es cuando da muerte a Polonio, la otra cuando enviado a Inglaterra, adultera las cartas a su favor, llevando esa acción a la muerte de Rosencrantz y Guildenstern y finalmente cuando hiere de muerte al rey Claudio. En el caso de Inglaterra el temor a la muerte fue un factor decisivo que gatilló su accionar, el temor de morir no llevando a cabo su empresa. Posteriormente en su duelo con Laertes, éste le dice que está herido de muerte, que el traidor es el rey ¿qué sucede? Hamlet actúa, apresuradamente, sin reflexionar ya que la muerte le pisa los talones, demorarse un minuto más puede ser fatal y demasiado tarde. Aún así parece que Hamlet se asombra de aquel acto sin precedentes e, incluso antes de morir, deslumbrado por lo que ha hecho, reflexiona y pide a Horacio que justifique su accionar, quizá para que no piensen que actuó cegado por la irracionalidad.
[1] Shakespeare, William. Hamlet. Edición Universitaria: Santiago, 1994
[2] Shakespeare, acto III, escena I (pág., 56)
La dificultad en la toma de decisiones no queda solamente explícita por los actos no realizados que sí debiera realizar, también se da por una carencia de ambición, ya que como el mismo lo dice podría limitarse a una cáscara de nuez y se sentiría rey de los espacios infinitos. Antes de eso, después de haber hablado con el fantasma, y después de que todos han jurado no revelar lo que allí vieron Hamlet exclama: “El mundo se encuentra desquiciado. ¡Oh, maldita suerte, que tuviera que nacer yo para arreglarlo”.
Hamlet para llevar a cabo su empresa de venganza se propone eliminar de su cabeza todo tipo de pensamiento que no se dirija a ese fin, ni siquiera el sentimiento puro profesado hacia Ofelia se sustrae a dicha imposición: sí, borraré de ella todo recuerdo frívolo y ameno… y vivirá sólo tu mandato, sin mezcla alguna de material más bajo, en el libro de mi cerebro” (pág., 24) Sin embargo, esa aparente resolución firme se debilita a medida que los acontecimientos se suceden, pero a pesar de ello no ceja en su intención de venganza, ella sigue ahí casi ingénita, es el acto en sí mismo el que cuesta llevar a cabo, claro, es más sencillo reflexionar que actuar. Ya casi al final de la tragedia Hamlet asume que el pensamiento de cuatro partes, una sola corresponde a la prudencia y las otras tres a la cobardía, y que la verdadera grandeza no radica en las razones poderosas que se pueda tener, sino más bien en enfrentar bien una querella (pág., 90)
A mi parecer durante la obra fueron sólo tres veces las que Hamlet actuó, y dicho sea de paso, para que ello sucediera, no hubo reflexión precedente. Estas tres veces marcan una acción decisiva, por ello las considero las más importantes a modo de funciones núcleo que no pueden extraerse sin cambiar el rumbo de los acontecimientos. Una de ellas es cuando da muerte a Polonio, la otra cuando enviado a Inglaterra, adultera las cartas a su favor, llevando esa acción a la muerte de Rosencrantz y Guildenstern y finalmente cuando hiere de muerte al rey Claudio. En el caso de Inglaterra el temor a la muerte fue un factor decisivo que gatilló su accionar, el temor de morir no llevando a cabo su empresa. Posteriormente en su duelo con Laertes, éste le dice que está herido de muerte, que el traidor es el rey ¿qué sucede? Hamlet actúa, apresuradamente, sin reflexionar ya que la muerte le pisa los talones, demorarse un minuto más puede ser fatal y demasiado tarde. Aún así parece que Hamlet se asombra de aquel acto sin precedentes e, incluso antes de morir, deslumbrado por lo que ha hecho, reflexiona y pide a Horacio que justifique su accionar, quizá para que no piensen que actuó cegado por la irracionalidad.
[1] Shakespeare, William. Hamlet. Edición Universitaria: Santiago, 1994
[2] Shakespeare, acto III, escena I (pág., 56)
