
La voz narrativa en Aura de Carlos Fuentes
La voz narrativa en Aura es un tanto peculiar ya que constantemente narra la historia en segunda persona singular, dirigiéndose a un tú al cual apela constantemente: “Lees ese anuncio (...) lees y relees el aviso”. Sin embargo, además de narrar la historia a partir una segunda persona singular, el tiempo narrativo desde el cual se narra fluctúa entre un tiempo presente a la acción: “Recoges tu portafolios y dejas la propina” ; y por otro lado, un tiempo pasado en relación a la historia que se relata como si el narrador temporalmente se ubicara en un tiempo anterior a los hechos narrados y los vaticinara con certeza magistral porque sabe efectivamente lo que sucederá, conoce el futuro: “Vivirás ese día, idéntico a los demás, y no volverás a recordarlo sino al día siguiente, cuando te sientes de nuevo en la mesa del cafetín, pidas el desayuno y abras el periódico.”
El efecto primero que este recurso narrativo produce en el lector es la sensación de profundo extrañamiento, intriga, acentuando así el carácter misterioso de la obra. En una segunda instancia produce una identificación del “yo” lector empírico con ese “tú” que es Felipe Montero[1] al cual apela el narrador y que se configurará en un doble rol formal –y posteriormente simbólico– de personaje y narratario. Desde esta apreciación da la sensación de estar asistiendo a una puesta en abismo en donde en el nivel de la narración quien relata la historia se dirige a Felipe Montero directamente, y dentro de este nivel hay otros sub-niveles que se dirigen también a este narratario-personaje de manera subrepticia e indirecta: “Parece dirigido a ti, a nadie más” es lo que a primera instancia le sugiere el anuncio del periódico; posteriormente: “Sólo falta tu nombre. Sólo falta que las letras negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero.” “Acuda en persona” (es decir, “usted acuda”). Esta puesta en abismo sobrepasa incluso los límites de la ficción netamente literaria al ampliar el espacio virtual hacia el exterior, en la recepción del lector empírico. Me explico. Al producirse la identificación o confusión del “yo” del lector empírico con el “tú” al cual se dirige el narrador, uno de los aspectos de la estructura superficial del relato o de la estructuración del relato a nivel de narración, se imbrica, por decirlo de alguna manera, o más bien se corresponde, con el entramado simbólico a nivel de profundidad. La narración como recurso técnico será una gran marca textual e indicio implícito que dará cuenta de que esa misma identificación o autorreconocimiento del lector empírico con el personaje-narratario, será lo que se produzca al final del relato cuando Felipe Montero se reconoce a sí mismo en los escritos que le son dados a leer como parte de su trabajo. En términos estrictos el joven historiador se reconoce al ver a Llorente en uno de los retratos que saca del baúl de la anciana, pero eso es sólo la culminación definitiva de un proceso de autorreconocimiento que ya se venía gestando: “Al despertar, buscas otra presencia en el cuarto (...) la doble presencia de algo que fue engendrado la noche pasada (...) que buscas tu otra mitad, que la concepción estéril de la noche pasada engendró tu propio doble”. Este efecto de dualidad o de esa “doble presencia” en que uno y otro se confunden, o uno y otro resultan ser uno y el mismo, por consiguiente, se da en todos los niveles del relato empezando por el más estrictamente formal que tiene que ver con el de la narración y cómo se amplia el espacio virtual de ésta trasgrediendo los límites estrictamente literarios, para producir esta dualidad o confusión entre el “tú” inmanente al texto, al cual se dirige el narrador, con el “yo” que trasciende al texto, propio del lector empírico; y por otro lado, se da esta dualidad a nivel de cada personaje al interior de la ficción literaria: “Y la fotografía de Aura (...) Aura y la fecha 1876, escrita con tinta blanca y detrás (...) Verás en la tercera foto, a Aura en compañía del viejo (...) Aura no se verá tan joven como en la primera fotografía, pero es ella, es él... eres tu.”
Ahora, con respecto a esta voz narrativa que relata la historia en segunda persona dirigiéndose a un “tú”, pero que además dicha voz fluctúa en diversos tiempos narrativos, a veces en presente, otras en futuro, nos plantea una problemática importante a la hora de poder establecer de manera categórica quién es el sujeto real de la enunciación, es decir, identificar si es un narrador diegético y participa de la historia, o si por el contrario será extradiegético [2] y será totalmente ajeno a ésta. Por un lado, al existir dicho “tú” al que se refiere directamente el narrador, de manera indefectible existe un “yo” que es quien lo emite, así de esta manera, podría plantearse la posible hipótesis de que fuera el mismo Felipe Montero quien, siguiendo con la lógica de la dualidad anteriormente mencionada, narre a sí mismo su historia a partir de este “yo” dirigiéndose a él como en una segunda persona singular que narra desde el pasado cuando efectivamente se encuentra en un futuro con respecto a la historia que narra y esta ya ha acontecido, por lo cuál de la impresión que maneje todos los aspectos de la historia como si los vaticinara. Otra posible hipótesis[3] es que en realidad quien narra la historia y se configura como ese “yo” implícito que apela a un “tú”, es la anciana consuelo Llorente quien dadas sus manifiestas tendencias a la hechicerías[4] y dado todos los indicios casi sobrenaturales que hacen que el encuentro de Felipe Montero con el anuncio del periódico no fuera del todo fortuito e incluso al otro día de haberlo leído aún estuviera disponible el empleo ahí, precisa y únicamente para él, pueda significar que esa determinación del “tú harás esto o aquello” no sea más que una conjuración a modo de hechizo, mediante la palabra –hágase la luz, y la luz se hizo– para determinar y guiar la voluntad de Felipe Montero, que es Llorente, hacia esta convocatoria con el pasado y con su verdadera identidad: “te tocas los pómulos, los ojos, la nariz, como si temieras que una mano invisible te hubiese arrancado la máscara que has llevado durante veintisiete años: esas facciones de goma y cartón que durante un cuarto de siglo han cubierto tu verdadera faz, tu rostro antiguo, el que tuviste antes y habías olvidado.”
[1] Nótese “Montero” según la R.A.E: Persona que busca y persigue la caza en el monte, o la ojea hacia el sitio en que la esperan los cazadores. Esto nos remite directamente al epígrafe de Michelet citado por Fuentes: “El hombre caza y lucha.”
[2] Diégesis o extradiégesis en terminología de Genette.
[3] Me permito la conjetura de dos voces narrativas aludiendo a los personajes que se pueden configurar como posibles narradores, ya que en estricto rigor serían dos y no cuatro dichos personajes.
[4] “Le advertí a Consuelo que esos brebajes no sirven para nada. Ella insiste en cultivar sus propias plantas en el jardín. (...) Más tarde “la encontré delirante, abrazada a la almohada. Gritaba: ‘sí, sí, sí, he podido: la he encarnado; puedo convocarla, puedo darle vida con mi vida.’”
El efecto primero que este recurso narrativo produce en el lector es la sensación de profundo extrañamiento, intriga, acentuando así el carácter misterioso de la obra. En una segunda instancia produce una identificación del “yo” lector empírico con ese “tú” que es Felipe Montero[1] al cual apela el narrador y que se configurará en un doble rol formal –y posteriormente simbólico– de personaje y narratario. Desde esta apreciación da la sensación de estar asistiendo a una puesta en abismo en donde en el nivel de la narración quien relata la historia se dirige a Felipe Montero directamente, y dentro de este nivel hay otros sub-niveles que se dirigen también a este narratario-personaje de manera subrepticia e indirecta: “Parece dirigido a ti, a nadie más” es lo que a primera instancia le sugiere el anuncio del periódico; posteriormente: “Sólo falta tu nombre. Sólo falta que las letras negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero.” “Acuda en persona” (es decir, “usted acuda”). Esta puesta en abismo sobrepasa incluso los límites de la ficción netamente literaria al ampliar el espacio virtual hacia el exterior, en la recepción del lector empírico. Me explico. Al producirse la identificación o confusión del “yo” del lector empírico con el “tú” al cual se dirige el narrador, uno de los aspectos de la estructura superficial del relato o de la estructuración del relato a nivel de narración, se imbrica, por decirlo de alguna manera, o más bien se corresponde, con el entramado simbólico a nivel de profundidad. La narración como recurso técnico será una gran marca textual e indicio implícito que dará cuenta de que esa misma identificación o autorreconocimiento del lector empírico con el personaje-narratario, será lo que se produzca al final del relato cuando Felipe Montero se reconoce a sí mismo en los escritos que le son dados a leer como parte de su trabajo. En términos estrictos el joven historiador se reconoce al ver a Llorente en uno de los retratos que saca del baúl de la anciana, pero eso es sólo la culminación definitiva de un proceso de autorreconocimiento que ya se venía gestando: “Al despertar, buscas otra presencia en el cuarto (...) la doble presencia de algo que fue engendrado la noche pasada (...) que buscas tu otra mitad, que la concepción estéril de la noche pasada engendró tu propio doble”. Este efecto de dualidad o de esa “doble presencia” en que uno y otro se confunden, o uno y otro resultan ser uno y el mismo, por consiguiente, se da en todos los niveles del relato empezando por el más estrictamente formal que tiene que ver con el de la narración y cómo se amplia el espacio virtual de ésta trasgrediendo los límites estrictamente literarios, para producir esta dualidad o confusión entre el “tú” inmanente al texto, al cual se dirige el narrador, con el “yo” que trasciende al texto, propio del lector empírico; y por otro lado, se da esta dualidad a nivel de cada personaje al interior de la ficción literaria: “Y la fotografía de Aura (...) Aura y la fecha 1876, escrita con tinta blanca y detrás (...) Verás en la tercera foto, a Aura en compañía del viejo (...) Aura no se verá tan joven como en la primera fotografía, pero es ella, es él... eres tu.”
Ahora, con respecto a esta voz narrativa que relata la historia en segunda persona dirigiéndose a un “tú”, pero que además dicha voz fluctúa en diversos tiempos narrativos, a veces en presente, otras en futuro, nos plantea una problemática importante a la hora de poder establecer de manera categórica quién es el sujeto real de la enunciación, es decir, identificar si es un narrador diegético y participa de la historia, o si por el contrario será extradiegético [2] y será totalmente ajeno a ésta. Por un lado, al existir dicho “tú” al que se refiere directamente el narrador, de manera indefectible existe un “yo” que es quien lo emite, así de esta manera, podría plantearse la posible hipótesis de que fuera el mismo Felipe Montero quien, siguiendo con la lógica de la dualidad anteriormente mencionada, narre a sí mismo su historia a partir de este “yo” dirigiéndose a él como en una segunda persona singular que narra desde el pasado cuando efectivamente se encuentra en un futuro con respecto a la historia que narra y esta ya ha acontecido, por lo cuál de la impresión que maneje todos los aspectos de la historia como si los vaticinara. Otra posible hipótesis[3] es que en realidad quien narra la historia y se configura como ese “yo” implícito que apela a un “tú”, es la anciana consuelo Llorente quien dadas sus manifiestas tendencias a la hechicerías[4] y dado todos los indicios casi sobrenaturales que hacen que el encuentro de Felipe Montero con el anuncio del periódico no fuera del todo fortuito e incluso al otro día de haberlo leído aún estuviera disponible el empleo ahí, precisa y únicamente para él, pueda significar que esa determinación del “tú harás esto o aquello” no sea más que una conjuración a modo de hechizo, mediante la palabra –hágase la luz, y la luz se hizo– para determinar y guiar la voluntad de Felipe Montero, que es Llorente, hacia esta convocatoria con el pasado y con su verdadera identidad: “te tocas los pómulos, los ojos, la nariz, como si temieras que una mano invisible te hubiese arrancado la máscara que has llevado durante veintisiete años: esas facciones de goma y cartón que durante un cuarto de siglo han cubierto tu verdadera faz, tu rostro antiguo, el que tuviste antes y habías olvidado.”
[1] Nótese “Montero” según la R.A.E: Persona que busca y persigue la caza en el monte, o la ojea hacia el sitio en que la esperan los cazadores. Esto nos remite directamente al epígrafe de Michelet citado por Fuentes: “El hombre caza y lucha.”
[2] Diégesis o extradiégesis en terminología de Genette.
[3] Me permito la conjetura de dos voces narrativas aludiendo a los personajes que se pueden configurar como posibles narradores, ya que en estricto rigor serían dos y no cuatro dichos personajes.
[4] “Le advertí a Consuelo que esos brebajes no sirven para nada. Ella insiste en cultivar sus propias plantas en el jardín. (...) Más tarde “la encontré delirante, abrazada a la almohada. Gritaba: ‘sí, sí, sí, he podido: la he encarnado; puedo convocarla, puedo darle vida con mi vida.’”
