20 diciembre, 2007






El caracol y la tortuga. Pensamiento analógico y conocimiento arcano en la poesía de Rubén Darío.

A AMADO NERVO


La tortuga de oro camina por la alfombra


y traza por la alfombra un misterioso estigma;


sobre su carapacho hay grabado un enigma


y círculo enigmático se dibuja en su sombra.


Esos signos nos dicen al Dios que no se nombra


y ponen en nosotros su autoritario estigma:


ese círculo encierra la clave del enigma


que a Minotauro mata y a la Medusa asombra.


Ramo de sueños, mazo de ideas florecidas


en explosión de cantos y en floración de vidas,


sois mi pecho suave, mi pensamiento parco.


Y cuando hayan pasado las sedas de la fiesta,


decidme los sutiles efluvios de la orquesta


y lo que está suspenso entre el violín y el arco.




CARACOL


A Antonio Machado.


En la playa he encontrado un caracol de oro


macizo y recamado de las perlas más finas;


Europa le ha tocado con sus manos divinas


cuando cruzó las ondas sobre el celeste toro.


He llevado a mis labios el caracol sonoro


y he suscitado el eco de las dianas marinas;


le acerqué a mis oídos, y las azules minas


me han contado en voz baja su secreto tesoro.


Así la sal me llega de los vientos amargos


que en sus hinchadas velas sintió la nave Argos


cuando amaron los astros el sueño de Jasón;


y oigo un rumor de olas y un incógnito acento


y un profundo oleaje y un misterioso viento...


(El caracol la forma tiene de un corazón.)


Para referirme al simbolismo del caracol y la tortuga dentro del pensamiento analógico en la poesía de Darío comenzaré por referirme de manera general a sus diversos significados dentro de la tradición[1] enfatizando en aquellos que nos pueden ayudar a una mejor comprensión de la poesía de Darío. En relación al caracol, sus simbolismos más relevantes dicen relación con la fertilidad, en cuanto su espiral está ligada a las fases lunares como bien lo representa el dios de la luna Tecsiztecatl encerrado en una concha de caracol. Además de este simbolismo, el caracol, como otros moluscos, presenta un simbolismo sexual en tanto que se asemeja análogamente a una vulva. Uno de los simbolismos más interesantes está relacionado con “la forma helicoidal de la concha del caracol terrestre o marino [que] constituye un grifo universal de la temporalidad, de las permanencias del ser a través de las fluctuaciones del cambio”[2]. Guiándonos con el poema Caracol de Darío podemos ir rastreando las connotaciones que nos representa. El poeta encuentra en la playa “un caracol de oro/ macizo y recamado de las perlas más finas” lo que nos recuerda inmediatamente el influjo parnasiano en el tratamiento de la imagen decorada de materiales nobles como el oro, pedrerías, seda, mármoles, etc., y todo aquello que provea una plasticidad o visualidad extremadas[3]. Este caracol, activando una red de correspondencias, en su forma se asemeja a una caverna vacía que, a su vez, podemos asociar con la concavidad del universo todo. La figura caracol de oro se nos presenta en el seno de la conjunción de dos influjos, el parnasianismo, como ya mencioné, representado por las características áureas del objeto, pero por el otro lado, está el influjo simbolista operando, en la medida que el caracol es representante o símbolo, en palabras de Paz, de la correspondencia universal: “el caracol marino [es] silencioso y henchido de rumores, infinito que cabe en una mano”[4]. Es decir, contiene en sí opuestos también: es silencioso (calla), más es elocuente a la vez (dice), revela y oculta como el universo. Es el símbolo más representativos de las correspondencias universales en la medida que emite sonidos que suscitan “el eco de las dianas marinas” (como si pudiera hablar el lenguaje de las sirenas) si el poeta se lo lleva a los labios y lo tañe; pero también al llevarlo al oído el mar susurra su secreto tesoro. En este sentido no es arbitrario que sea un caracol marino en donde se incorpora lo arcano a las profundidades submarinas ya que el mar es para Darío como el corazón del mundo, su pulso vital.
Para Octavio Paz, y como lo desarrolla Cathy Login Jrade[5], la crítica no ha reparado como debiera en aquellos elementos ocultistas que atraviesan la obra de Darío y son fundamentales para la comprensión de su poesía en la medida que se presenta como una respuesta frente al colapso del sistema de creencias dominantes a finales del siglo XIX. De esta manera, dicha respuesta frente a esta crisis, ya se había hecho presente en los románticos: “Octavio Paz ha demostrado que el concepto de analogía es el hilo de Adriadna que recorre la poesía moderna e ilumina la relación entre los dos movimientos literarios”. Los poetas redescubren una tradición antiquísima que se basa fundamentalmente en la analogía, es decir, el concebir al universo como un sistema de correspondencias y la visión del lenguaje como el doble del universo, que a su vez, es emanación divina. Ante todo esta concepción del universo tiene que ver con un ansia de la recuperación de aquella unidad perdida, es el sentimiento de fragmentación y escisión del sujeto moderno el que posibilitará el rescate de dichas tradiciones. En este sentido debemos ver el universo como un conjunto de símbolos, que se corresponden unos con otros, que el poeta está llamado a descifrar en la medida que éste asume un rol de poeta-vidente: esta revelación es posible mediante la poesía y el lenguaje que imita, como la música, la armonía universal (herencia pitagórica).
De esta manera podemos entender la imagen del caracol y la tortuga. El caracol, como veíamos puede ser visto como un microcosmos que se corresponde con el macrocosmos, es un infinito que cabe en la palma de la mano, y que le revela al oído del poeta el misterio y lo arcano, lo oculto-profundo no sólo del universo, sino lo que está encerrado en el mismo hombre en tanto que éste es también un microcosmos: “Dado que el individuo y el universo están creados por parejo a la imagen de Dios, cada ser es un microcosmos que debe implantar en su alma la armonía del macrocosmos”[6], recordemos el verso que cierra el poema: “(El caracol tiene forma de corazón)”, es decir, el misterio habita también en el mismo hombre y este debe indagar en él como en una “gruta viviente”.
A la luz de estas mismas consideraciones podemos analizar la imagen de la tortuga. Esta es simbólicamente, en diversas culturas, la imagen del universo y contribuye a su estabilidad, además de ser el símbolo de la longevidad. Esta imagen del universo está dada principalmente en la forma de su caparazón que por encima es redondo como el cielo y por debajo plano como la tierra, incorporando así estos dos principios antitéticos pero complementarios. Se la considera además portadora de una sabiduría milenaria encarnada en los caracteres de su caparazón. Al respecto, en su poema intitulado A Amado Nervo, Darío nos muestra a la tortuga que “traza por la alfombra un misterioso estigma; / [y] sobre su carapacho hay grabado un enigma” y proyecta además en su sombra la forma de un círculo enigmático. Toda ella es una encrucijada, lo arcano que toma su forma para manifestar a aquel Dios que no se nombra, que trasciende a toda nominación y definición. En relación a esto el neoplatónico griego Proco escribió un Himno al dios innombrable en el cual dice:

Oh Tú, que todo lo trasciendes, que estás más allá de todo, ¿Acaso me es permitido cantarte llamándote de otra manera? ¿Cómo celebrarte, oh Tú, que eres trascendente a todo? ¿Con qué palabras dirigirte alabanzas? Con ninguna palabra, en efecto, puedes ser nombrado, Siendo el único sin nombre, engendras, sin embargo, Todo lo que puede enunciar el verbo. ¿Cómo puede contemplarte la inteligencia? Pues Tú no puedes ser abarcado por ninguna inteligencia…[7]

Octavio Paz también ratifica la imagen de la tortuga de oro como emblema del universo que encierra un enigma y sabiduría tal refractada en la imagen del círculo que es capaz de matar al propio minotauro ─imagen de la conjunción hombre/bestia─ y asombrar a propia Medusa quien con solo mirar petrifica. El círculo que proyecta la tortuga, que evoca al Dios innombrable, es identificado por Paz con el eterno retorno: “la obra divina es la revolución cíclica que pone arriba lo que estaba abajo y obliga a cada cosa a transformarse en su contrario: inmola al minotauro y petrifica a la Medusa”[8]. En este sentido, nos dice Chevalier, el círculo es también el símbolo del tiempo, indefinido, cíclico y universal, tiempo que como bien nos hace ver Octavio Paz, se opone al tiempo, finito e irreversible de la historia: mientras que el primero se fundamenta en la unidad, el segundo en cuanto a “comienzo de la sucesión es el comienzo de la escisión”[9]. Este saber arcano que proyecta la tortuga sobrepasa y trasciende las escisiones ya sea de los seres (Minotauro/Medusa) como del tiempo mismo.
En el espíritu del poeta, nos dice Paz, “los signos de la tortuga se convierten en un “ramo de sueños” y un “mazo de ideas florecidas”, produciéndose la unión del mundo vegetal y el mental, o si se quiere de lo concreto con lo abstracto. Esos signos también son la música del mundo, produciéndose una correspondencia entre esos enigmas y acordes de tipo musical: “y cuando hayan pasado las sedas de la fiesta, / decidme los sutiles efluvios de la orquesta / y lo que está suspenso entre el violín y el arco”. Aquí, la tortuga, como el caracol que en su silencio era elocuente, la tortuga puede, a su vez, decir los efluvios de la orquesta y también aquellos suspendido entre el violín y el arco: el silencio. La tortuga, por su parte, y en relación a esto último, también tiene una connotación musical ya que en los griegos está asociada a Hermes quien utilizó su caparazón para hacer una cítara por lo que puede ser entendida como símbolo de la materia del arte.


[1] En adelante todas referencias a símbolos provendrán del Diccionario de símbolos de Jean Chevalier. Editorial Herder: Barcelona, 1988.
[2] Chevalier. Diccionario de símbolos. pp. 250.
[3] Jiménez, José Olivio. “Introducción”. Antología crítica de la poesía modernista hispanoamericana,4ta edición. Hiperión: Madrid, 1984. pp. 29
[4] Paz, Octavio. “El caracol y la sirena”, Cap. I. en: Cuadrivio. Joaquín Mortiz: México, 1991. pp. 59.
[5] Login Jrade, Cathy. Rubén Darío y la búsqueda romántica de la unidad. El recurso modernista a la tradición esotérica. F.C.E.: México, 1983.
[6] ídem. pp. 24.
[7] http://www.geocities.com/antologia_hermes/028proclohimnos.htm.
[8] Paz, Octavio. “El caracol y la sirena”. pp. 57.
[9] Paz Octavio. Los hijos del limo. Seix Barral: Barcelona, 1990. pp. 34.

1 comentarios:

cabellosdefuego dijo...

te ves muy guapa en la foto.
gracias por pasar por mi blog. a veces creo que piensa por sí mismo, ja.

muy bueno lo de rubén darío. yo estoy un poco obsesionada con él. gracias por compartir el trabajo.

saludos!