La etimología del término "mandrágora" viene del griego μανδραγoρας que significa "dañiño para el ganado", y ya en algunos documentos de la Antiguedad se hace referencia a ella como una planta que "adormece el primer día y vuelve loco el segundo". Sus principios activos son la atropina y la escopolamina, ya que pertenece a la familia de las solanáceas, como su prima hermana y también muy famosa Belladona. Lo más fascinante nunca será aquello que sabemos sino todo el cúmulo de elucubraciones, mitos y fábulas en torno a su imagen antropomórfica, ya que en vista de que su gran raíz tiende a bifurcarse se le ha comparado con un cuerpo humano. Teofastro la llamaba antropomorfis y las tradiciones populares hombrecillo plantado. Así, según nos cuenta Arias Carbajal (Arias Carbajal: Plantas que curan y matan, Editores Mexicanos Unidos, México, 1990.), se creía que cuando la planta era arrancada de la tierra, el hombrecillo que subyacía en sus raíces daba gemidos lastimosos y agudos. Además, gran parte de los juicios y procesos por hechicería en la Inquisición, tuvieron como flagrante cuerpo del delito a nuestra querida Mandrágora (los textos de magia hablan de ella con verdadero culto). ¿Qué nos dice ahora la literatura?: bueno, aquella pócima mágica que Julieta bebió para parecer muerta contenía, muy seguramente, los principios activos de la mandrágora; y si nos remontamos a las fuentes bíblicas, Raquel que era infértil, gracias a la solapada intervención de la mandrágora (obviamente minimizada por la acción divina) se convierte en madre y da un hijo a Jacob. He aquí a la atropa mandragora que da nombre a este blog: no es lo que parece, no es una planta, es fábula e imaginación, es un hombrecillo o una mujercilla, es creación poética: es fatamorgana.