24 julio, 2007



El Señor de Bembibre:
La construcción del sujeto romántico a través del texto


Los personajes que en El Señor de Bembibre caracterizan al tipo de sujeto romántico son don Álvaro y doña Beatriz. La historia de amor entre ellos, en tanto que elaboración ficticia dentro de esta novela histórica, se enmarca en un contexto histórico real: la persecución religiosa y política de la Orden del Temple que deviene en su inminente disolución y decadencia, y que en este caso particular, dichos sucesos transpirenaicos, afectan también a la orden de Castilla e influyen en la trama de la novela. Los personajes en general, tienen un protagonismo colectivo, y así, en el caso particular de nuestros protagonistas, a partir de sus aspectos individuales, se quiere dar cuenta del sujeto romántico en cuanto a sujeto universal y modélico. Los demás personajes que tipifican de manera dicotómica vicios y virtudes como es el caso del Conde de Lemus y el Señor de Arganza en una primera etapa, y por otro lado don Rodrigo o el abad de Carracedo respectivamente, contribuyen mediante sus propios rasgos a perfilar y caracterizar más aún a este sujeto romántico; de esta manera, si don Álvaro tiene méritos suficientes por sí solo, el conde de Lemus que es su antagonista, ayuda a realzar más aun las virtudes de aquél; un ejemplo de esto es cuando el conde de Lemus en el capítulo XIX es desenmascarado en sus ardides maquiavélicos por don Álvaro y el comendador ante doña Beatriz y don Alonso y son sopesados ambos caballeros en sus diferencias inherentes: “-Debéis pensar también - replicó gravemente don Álvaro - que el presente caso es de menos valer, y que, habiendo descendido con vuestro atentado a la clase de pechero, no sois mi igual ni puedo medirme con vos”[i]. Don Álvaro, nos dice el narrador, era de esos hombres que en todo descubren sus altas prendas y que por esto cautivan la atención de quien los mira, además de esto su “ser sentimental y apasionado” para el amor no se queda sólo en esto sino que también su corazón apasionado es para con sus hermanos de armas y la causa reivindicadora de la Orden.
En términos generales al caracterizar al sujeto romántico vemos que éste se perfila como un ser desencantado, en una pugna y disconformidad con su presente, añorando el pasado, cosa que en don Álvaro como en doña Beatriz está presente no sólo por la imposibilidad y obstáculos en su amor, sino por el mismo contexto histórico en que se enmarca la novela y que puede incluso hacerse extensible extraliterariamente en la medida que la obra, novela histórica, apunta hacia el mismo presente del autor y su propia disconformidad con su presente y la crítica que hace a la desamortización de Mendizábal mediante su novela. Además de esta disconformidad con el presente, el sujeto romántico es un sujeto escindido pero que busca una trascendencia en donde dicha escisión, que se produce en gran medida por esa disconformidad con el mundo que lo hace sentirse presa de un destino aciago, se rompa. En el caso de los protagonistas el tema del amor es fundamental ya que es éste el que puede lograr dicha trascendencia del sujeto, es el amor quien salvaguarda de la fatalidad que de todas maneras se ve cumplida, pero entonces, este amor es una aspecto que adquiere ribetes metafísicos, en donde su realización póstuma, en un más allá, logrará aunar a estos seres desdichados: “nuestro lecho nupcial es un sepulcro [dice Beatriz a don Álvaro], pero por eso nuestro amor durará la eternidad”[ii] Así cumplida esta trascendencia con la muerte de los protagonistas, el amor ya no es el amor de una pareja particular, sino que es modelo del amor puro y universal. Al respecto, Van Tieghem en su caracterización del Romanticismo nos dice: “Esta aspiración indefinida y general [refiriéndose al anhelo vago, el impulso del alma hacia un bien desconocido] fue el manantial de los tres más poderosos sentimientos que ofrecen los románticos: el de la Naturaleza, el de la religión y el del amor”[iii]. Así, de esta manera, el amor es casi el tema exclusivo en el romanticismo, y por tanto, sentimiento inherente en el sujeto romántico, amor que en El señor de Bembibre tiene un fuerte referente del amor cortés trovadoresco del XII, por lo que concuerda en su tópico central de la “incomplitud amorosa” en donde la dama, Beatriz, se presenta como inaccesible e incluso, divinizada; no me parece fortuito, por otra parte, que la protagonista se llame “Beatriz” que es uno de los nombres que inauguró, con Dante, dicho tópico femenino. Así, para resaltar las características de la dama tanto en sus aspectos físicos como espirituales-morales, ya que ambos van casi unidos por una relación especular en donde lo uno es reflejo de lo otro, el narrador nos la refiere con los epítetos de “alma pura”, “dolorosa mirada”, “apacible condición” y donde su fisonomía manifiesta una dulzura angelical; “pero en su boca y en su frente cualquier observador mediano hubiera podido describir indicios de un carácter apasionado y enérgico” (pp. 15) Y así es, porque inclusos esas polaridades son características del sujeto romántico y de nuestros protagonistas, que se manifiestan por su ser altamente apasionado, que viven desde sus sentimientos y en consecuencia con esto, son rebeldes al pretender buscar un mundo espiritual determinado a partir de su experiencia personal intensa que enarbola como baluarte la libertad. Todo esto es parte de otro elemento fundamental: el sujeto romántico y la juventud van indisolublemente unidos; en los protagonistas esto se evidencia claramente, a pesar que en Beatriz los tormentos y pesares hollarán, como ella dice, su juventud y salud, aunque no su belleza. Además que ambos protagonistas, y como suele suceder, mueren en la flor de su edad. Aquel carácter “apasionado y enérgico” que describe el narrador en Beatriz también está presente en don Álvaro, claro, de una manera más adecuada a su masculinidad, y tiene que ver, como mencionaba, con el espíritu impetuoso y apasionado que a veces limita con la desmesura de sí mismo, como cuando don Álvaro amenaza al abad de Carracedo para llevarse a toda costa a su amada: “apartaos, os digo, o, por quien soy, que todo lo atropello, aun la santidad misma de vuestra persona” (pp. 73) Por su parte Beatriz, si bien posteriormente su delicada salud la hace menos enérgica, se manifiesta desde un principio fiel a sus ideales y se rebela, -hasta que luego hace la promesa ante el lecho de su madre- contra el matrimonio con el conde de Lemus. De esta manera, al preguntarle don Álvaro qué haría si su padre la obligase para conseguir su objetivo, ella responde que en último caso pediría fuerzas al Todopoderoso, el narrador nos dice: “El acento con que fueron pronunciadas aquellas cortas palabras descubría una resolución que no habría fuerzas humanas para torcer” (pp.18) Sin embargo, el fracaso de la concreción se dilata durante toda la novela mediante los acontecimientos que se interponen entre los amantes que son la voluntad paterna, la marcha de don Álvaro hacia Castilla, su presidio y muerte aparente y por último su ingreso a la Orden con todo lo que eso implicó.
La fatalidad se cierne desde un principio sobre los protagonistas, son perseguidos por un destino inexorable ya que la muerte de ambos parece inminente, y en el caso de doña Beatriz se cumple con presteza la profecía del abad: “vos [le dice al señor de Arganza refiriéndose a su hija] habéis herido el árbol en la raíz, y sus ramas no abrigarán vuestra casa, ni vos os sentaréis a su sombra, ni veréis sus renuevos florecer y verdeguear en vuestros campos” (pp. 105). Otro aspecto fundamental en la construcción del sujeto romántico, elemento anexo de todo lo que he mencionado, tiene que ver con la exaltación de los sentimientos que con el Romanticismo cobran un nuevo valor, antes reprimidos o relegados a la razón con el Neoclasismo. Este sujeto es de una sensibilidad extrema como hemos visto y se demuestra en la obra, es una sensibilidad frente a la belleza en todas sus manifestaciones, por ejemplo, la naturaleza; así, el sujeto romántico se presenta en el paisaje y la naturaleza no es mero telón de fondo sino que actúa en algunos casos como compañera y cómplice: “Doña Beatriz se sentó al pie de un álamo y desde allí, como por despedida, tendía dolorosas miradas a todos aquellos sitios, testigos y compañeros de sus pesares” (pp. 66); en otras ocasiones refleja el estado anímico de los personajes produciéndose casi una suerte de simbiosis entre naturaleza y personaje, además de privilegiar los espectáculos que armonizan con su melancolía y tristeza, como la caída de la tarde o las estaciones del año que claramente vemos desfilar casi como las únicas marcas temporales. “¡Dolorosa consonancia de una Naturaleza amortecida y yerta con un corazón desnudo de alegría y vacío del perfume de la esperanza!” (pp.152)
[i] Gil y Carrasco, Enrique. El señor de Bembibre. Zalla: Ediciones Paulinas, 1960. (pp. 120)
[ii] Ibid., pp. 251.
[iii] Van Tieghem, Paul. El Romanticismo en la literatura europea. México: U.T.E.H.A., 1958. (PP. 209)